Aitana
La "Unión de la Conveniencia" se había estabilizado en una rutina engañosamente dulce. Compartíamos la cama, la mesa y la estrategia, y cada día la línea entre la actuación y el afecto se borraba un poco más. Pero el fantasma de la traición original y el acuerdo de "no promesas" nos mantenía a raya.
Un sábado por la mañana, mientras desayunábamos en el jardín, Isabella estaba extrañamente callada. Había terminado su dibujo y lo miraba con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa, princesa? —pregunté