Aitana
La propuesta de Sebastián no era un acto de amor; era la estocada final en una partida de ajedrez maquiavélica. Casarnos. Un matrimonio de conveniencia para anular la esclavitud de un contrato. Era tan absurdo, tan cruel, que por un momento pensé que había perdido la razón.
Me acerqué al escritorio, sintiendo la rabia fría del engaño.
—Estás enfermo, Sebastián. Primero me obligas a firmar un contrato que me prohíbe amar, y ahora me ofreces la única salida: casarme contigo. ¿Crees que soy