La noche había caído sobre la ciudad como un manto pesado, y las luces de los rascacielos parpadeaban a lo lejos, creando un horizonte artificial de acero y cristal. Iván caminaba por los pasillos de su oficina con paso firme, la mente absorbida por la decisión que acababa de tomar. En sus manos, una carta con los sellos oficiales de la familia Montalvo, que había decidido enviar a varios de los principales actores de la ciudad. No era solo un mensaje; era una declaración de guerra encubierta,