El bosque estaba demasiado silencioso.
Lyra lo odiaba.
Se arrodilló en el suelo frío, con las manos apretadas con fuerza contra la herida de Ronan, intentando —desesperadamente— detener la hemorragia.
No funcionaba.
No paraba.
Sus dedos estaban resbaladizos por la sangre, cálida e implacable, que se deslizaba entre ellos sin importar la fuerza con la que presionara.
—No… —susurró, sacudiendo la cabeza—. No, no, no… esto no va a pasar.
Ronan no se movió.
No habló.
Ni siquiera reaccionó.
Su pecho