Cayó la noche más rápido de lo que Lyra esperaba.
Un instante, el bosque se tiñó de un dorado desvanecido. Al siguiente, las sombras se extendieron largas y profundas, engullendo por completo la última luz. El aire se volvió más frío, más penetrante, como si el mundo mismo se estuviera preparando para algo.
Lyra estaba sentada cerca de la base de un gran árbol, con la espalda apoyada contra la áspera corteza, mientras intentaba regular su respiración.
Le dolía el cuerpo.
No era el leve dolor so