Desde ese día que me habían visitado esas personas extrañas, no dejaron de aparecer en mi puerta, dos o tres veces al día, diferentes visitantes pidiendo lo mismo. Recibiendo la misma respuesta que las primeras, ya no solo yo, sino todos los sirvientes, habían comenzado a sospechar que algo extraño sucedía. Pues ellos no conocían a nadie de esas personas que aparecían en la puerta pidiendo asilo y ellos se conocían a todos en el pueblo.
—Señorita, no debe dejar pasar a nadie, es todo muy