El aire estaba cargado de una extraña humedad. No era solo el rocío, sino una opresión más densa, como si la propia tierra supiera que algo no estaba bien.
Sareth fue la primera en detectarlo. Se detuvo, cerró los ojos, y luego susurró:
—Está cerca… y herida.
Kael asintió, tensando la mandíbula. No necesitaba más palabras. Ailén no se escondía. No esta vez.
Cuando entraron a la cueva, la penumbra no logró ocultar la figura encorvada en el fondo, recostada contra la roca. El cabello plateado de