Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl sonido fue casi imperceptible.
Un pequeño clic. Pero en el silencio del apartamento, fue suficiente. Santiago levantó la cabeza de inmediato. —¿Escuchaste eso? Valeria asintió, el corazón acelerándose. Las luces parpadearon apenas un segundo. Después, el sistema de seguridad emitió un pitido agudo. Error de conexión. Santiago caminó rápidamente hacia la pantalla del panel digital. Sus dedos se movieron con rapidez, pero el sistema no respondía. —No… —murmuró. —¿Qué pasa? —Nos bloquearon el acceso. Valeria sintió el frío instalarse en su estómago. —¿Bloquearon cómo? —Alguien entró al sistema. Remoto. Antes de que pudiera decir algo más, el teléfono de Santiago volvió a vibrar. Un mensaje. Solo una imagen. Él la abrió. Valeria se acercó. Y el aire abandonó sus pulmones. Era una fotografía reciente de la casa familiar. Tomada desde el jardín. Con una sola palabra debajo: “Recuerdos.” No era solo una amenaza. Era vigilancia. —Nos están observando —susurró ella. Un golpe seco resonó en la puerta del apartamento. Ambos se congelaron. Otro golpe. Más fuerte. —Santiago Montes —dijo una voz grave desde el otro lado—. Abra la puerta. Valeria frunció el ceño. —¿Montes? Santiago la miró. Y por primera vez, ella vio algo que no había notado antes. Culpa profunda. —Mi apellido real es Montes —dijo en voz baja—. Soy sobrino de tu padre. El mundo se inclinó. —¿Qué? —Mi madre era hermana de él. Se fue del pueblo cuando yo era niño. Cambié mi apellido cuando regresé. Valeria retrocedió un paso. —¿Por qué no me lo dijiste? —Porque tu padre no quería que nadie supiera que yo estaba involucrado en la empresa. Ni siquiera tú. Los golpes en la puerta se volvieron más violentos. —Última advertencia. Valeria intentaba procesarlo todo. —¿Mi tío…? Santiago negó con la cabeza. —No. Tu otro tío. Ricardo. El nombre cayó como un disparo. Ricardo siempre fue el ambicioso. El que discutía con su padre por decisiones financieras. El que desapareció de la empresa “por diferencias”. —Él sabía del trato —continuó Santiago—. Y cuando tu padre intentó salirse… las cosas se complicaron. —¿Estás diciendo que…? —Que pudo haberlos conectado. El cerrojo de la puerta vibró. Estaban intentando forzarlo. Santiago tomó la mano de Valeria. —Tenemos que salir por la parte trasera. Corrieron hacia la cocina. Pero antes de abrir, Valeria se detuvo. —¿Por qué me ayudaste realmente? —preguntó, con los ojos clavados en los suyos. El ruido en la puerta era cada vez más fuerte. Santiago la miró sin máscaras. —Porque esta deuda empezó por mi familia… y no dejaré que te destruya. Un estruendo. La puerta principal cedió. —Ahora —dijo él. Salieron por la escalera de emergencia justo cuando pasos pesados invadían el apartamento. El aire nocturno golpeó sus rostros mientras corrían hacia la calle trasera. Un auto negro encendió luces a lo lejos. Los habían rodeado. Valeria miró a Santiago. Ya no era solo una heredera enfrentando una deuda. Era una mujer en medio de una guerra familiar. Y el enemigo llevaba su misma sangre. El auto comenzó a avanzar lentamente hacia ellos. Y esta vez… no parecía que quisieran asustarlos. Parecía que querían terminar lo que habían empezado.






