El abogado no levantó la mirada cuando ella entró. Valeria sintió que el aire de aquella oficina era más pesado que el de todo el pueblo. Hacía cinco años que no regresaba. Cinco años desde que juró no volver jamás, desde que empacó una maleta con rabia y orgullo, convencida de que nunca necesitaría mirar atrás. Y ahora estaba allí por una sola razón: Su padre había muerto. —Señorita Valeria Montes —dijo el abogado, ajustándose los lentes con gesto automático—. Gracias por venir. Ella no respondió de inmediato. Se limitó a tomar asiento frente al escritorio de madera oscura. El olor a papeles antiguos, tinta y café frío le revolvía el estómago. Todo en ese lugar le recordaba a su padre: el orden excesivo, el silencio incómodo, la sensación constante de que siempre había algo que no se decía. No lloró en el funeral. No lloró cuando recibió la llamada a medianoche. No lloró cuando vio el ataúd descender. Pero ahora, en ese despacho cerrado, algo dentro de ella comenzaba a resqu
Leer más