El auto negro avanzaba despacio.
Demasiado despacio.
Como si disfrutara el miedo.
—Corre —susurró Santiago.
No fue necesario repetirlo.
Valeria echó a correr hacia el muelle, el sonido de sus pasos mezclándose con el rugido del motor que ahora aceleraba detrás de ellos.
Las luces del puerto iluminaban el asfalto húmedo. Cajas de carga, contenedores, grúas gigantes proyectando sombras deformes sobre el suelo.
El auto giró bruscamente, intentando cortarles el paso.
Santiago tomó la mano de Valeri