Mundo de ficçãoIniciar sessãoValeria no volvió a la casa esa noche.
Después del intento de secuestro, Santiago insistió en llevarla a un lugar “seguro”. No quiso explicarle dónde iban, solo condujo sin decir una palabra, con la mandíbula tensa y los nudillos blancos sobre el volante. El silencio entre ellos era diferente ahora. Más peligroso. —¿A dónde me llevas? —preguntó finalmente. —A un sitio donde no puedan encontrarte fácilmente. —Eso no responde mi pregunta. Santiago la miró de reojo. —A mi apartamento. Valeria sintió un ligero vuelco en el estómago. No por miedo… sino por todo lo que implicaba. Quince minutos después, estaban en un edificio discreto en la parte vieja del puerto. Nada lujoso. Nada llamativo. Subieron sin hablar. Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, el mundo exterior pareció quedar lejos, pero la tensión no desapareció. Valeria se giró hacia él. —Ahora sí. Quiero la verdad completa. Santiago se quitó la chaqueta lentamente. —Ya sabes que la empresa movía dinero ilegal. —Eso no es todo. Él sostuvo su mirada. —No. El silencio fue denso. —Tu padre no fue el único que firmó aquel acuerdo hace veinte años. Valeria sintió que el aire se le escapaba. —¿Qué significa eso? —Significa que alguien más lo respaldó. Alguien que garantizó el trato. Ella dio un paso atrás. —¿Quién? Santiago no respondió de inmediato. Y en ese segundo, ella lo entendió. —No… —susurró. —Yo no lo firmé en ese entonces —aclaró rápidamente—. Pero hace tres años… cuando la deuda creció y comenzaron las amenazas… tuve que intervenir. El corazón de Valeria latía con fuerza brutal. —¿Intervenir cómo? —Firmé una extensión del acuerdo. Las palabras cayeron como una bomba. —¿Qué hiciste? —Compré tiempo. —¿Con qué derecho? —Con el único que tenía —dijo él, dando un paso hacia ella—. El de protegerte. Valeria lo miraba como si no lo reconociera. —¿Protegerme? ¡Me ocultaste que estabas involucrado! —Si te lo decía, te ibas otra vez. La frase la atravesó. —No puedes decidir por mí. —Alguien tenía que hacerlo. El dolor en su voz no era fingido. —¿Qué firmaste exactamente? —preguntó ella, más fría ahora. Santiago dudó. Demasiado. —Santiago. —Si la deuda no se paga en el plazo establecido… la empresa pasa a sus manos. Valeria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. —¿La empresa? —Y cualquier activo vinculado. —Eso me incluye a mí. Él no respondió. Y ese silencio fue suficiente. El miedo se transformó en algo más oscuro. —¿Qué tipo de personas son? —Personas que no aceptan pérdidas. Valeria respiró con dificultad. —Entonces no se trata solo de dinero. —Nunca se trató solo de dinero. En ese momento, el teléfono de Santiago vibró sobre la mesa. Ambos lo miraron. Número desconocido. Santiago contestó en altavoz. —Tienes veinticuatro horas menos —dijo una voz fría al otro lado—. El intento fallido fue cortesía. La próxima vez no fallaremos. La llamada se cortó. El silencio que quedó fue asfixiante. Valeria sintió algo distinto ahora. No solo miedo. Rabia. —No voy a huir —dijo con firmeza. Santiago la observó. —Esto puede destruirte. —Entonces que lo intente. Ella dio un paso hacia él. —Pero esta vez no me ocultes nada. Santiago la miró como si estuviera tomando una decisión interna. —Hay algo más. Valeria cerró los ojos un segundo, preparándose. —Dilo. —Tu padre no murió de un infarto. El mundo se detuvo. —¿Qué? —El informe oficial dice infarto. Pero yo vi los registros médicos. Las fechas no coinciden. —¿Estás diciendo que…? —Que alguien pudo haberlo presionado. O algo peor. El frío volvió a recorrerle la espalda. La deuda. La carta. El sobre negro. El intento de secuestro. Nada era casual. —Entonces no solo quieren dinero —susurró ella. Santiago negó lentamente. —Quieren control. Valeria levantó la mirada, decidida. —Entonces vamos a quitárselo. En sus ojos ya no había miedo. Había fuego. Pero ninguno de los dos sabía que, mientras hablaban, alguien había logrado entrar al sistema de seguridad del edificio. Y que el tiempo para reaccionar… se estaba agotando.






