DESPERTAR
Zarah conocía casi de memoria los sonidos de la rutina matutina en sus aposentos. La puerta del Cuarto Blanco se abría despacio cada mañana causando un leve rechinar de las bisagras. El sonido de los pies descalzos de las doncellas caminando por el suelo de mármol le agradaba. Sabía reconocer las pisadas de cada una de las tres jóvenes que la servían. Aquellas más silenciosas, con un paso firme pero paciente, pertenecían a Munira mientras que aquellas rápidas y rítmicas que parecían imitar un lo