Cuando Gala se lo contó a todos, una oleada de satisfacción recorrió a los que habían trabajado en el plan.
Sus sonrisas contenían un orgullo silencioso, la sensación de que las piezas del tablero finalmente habían caído donde querían.
Romina, con una expresión de triunfo, abrazó a Gala con fuerza, como si quisiera transmitirle que todo saldría bien, que ahora el futuro de su familia estaba asegurado.
—Lo anunciaremos en la fiesta de aniversario de la empresa Andrade —dijo Romina, con un brillo en los ojos que mezclaba emoción y algo de nerviosismo.
Pero mientras Romina se regocijaba, sus ojos se cruzaron con los de su esposo.
Observó cómo su esposo no estaba feliz, se levantaba del sofá con una expresión sombría, casi distante, y se dirigía hacia su despacho. La rigidez en sus hombros, la tensión en su mandíbula, todo indicaba que no compartía la emoción de su esposa.
Romina, sorprendida y un poco preocupada, decidió seguirlo.
Al llegar al despacho, la puerta estaba entreabierta y Za