—¡Camely! —exclamó Zacarías con un estremecimiento que no podía controlar. Sus piernas se movieron por reflejo, arrastrándolo hacia ella antes de que su mente pudiera procesar lo que sus ojos veían.
Pero las luces del salón, brillantes y difusas, jugaban en su contra, haciendo que todo pareciera un espejismo.
—¿Camely? —Orson intervino, con voz cargada de incredulidad y un dejo de alarma.
Zacarías se detuvo en seco. En su pecho, un frío inesperado le paralizó el corazón.
No, ella no era Camely…