—¡Camely! —exclamó Zacarías con un estremecimiento que no podía controlar. Sus piernas se movieron por reflejo, arrastrándolo hacia ella antes de que su mente pudiera procesar lo que sus ojos veían.
Pero las luces del salón, brillantes y difusas, jugaban en su contra, haciendo que todo pareciera un espejismo.
—¿Camely? —Orson intervino, con voz cargada de incredulidad y un dejo de alarma.
Zacarías se detuvo en seco. En su pecho, un frío inesperado le paralizó el corazón.
No, ella no era Camely… al menos, no como la recordaba. Su figura había cambiado, su presencia era distinta, más adulta y refinada, y, sin embargo, había algo, un deje de familiaridad que lo desarmaba por completo.
Ella estaba más delgada, elegante y distante. Su cabello no era rubio, como el de Camely, sino de un oscuro profundo que caía como un río de seda sobre sus hombros.
Sus ojos, lejos de ese verde luminoso que él había amado, ahora eran marrones, profundos y enigmáticos, como si escondieran secretos que Zacaría