—Niñas… —la voz de Nana María tembló apenas—. Mami no debe saber que tienen esa foto.
Las gemelas alzaron la mirada al mismo tiempo, idénticas en gesto y expresión. Rosanne frunció el ceño con una mezcla de curiosidad e inocencia, mientras Marianne apretaba la fotografía contra su pecho como si fuera algo frágil, valioso.
—¿Mami no quiere a papito? —preguntó Marianne con un hilo de voz.
La anciana dudó. Ese silencio fue largo, incómodo, cargado de verdades que no podían decirse a dos niñas tan pequeñas. María se arrodilló frente a ellas y les acomodó el cabello con ternura.
—Esto… esto es cosa de adultos —respondió finalmente—. No deben hablar de eso ahora. Vayan a jugar, ¿sí?
Intentó quitarles la fotografía, pero ambas hicieron un puchero tan sincronizado y adorable que el corazón de la mujer flaqueó. Aquellos ojitos grandes, llenos de ilusión, la desarmaron por completo. Suspiró, vencida.
—Será nuestro secreto —dijo con suavidad—. ¿Promesa?
—¡Promesa! —respondieron al unísono, levant