Marianne condujo hasta el hospital sin saber exactamente cómo había llegado.
El trayecto se había convertido en una sucesión confusa de semáforos, luces y calles que no recordaba haber tomado.
Sus manos temblaban sobre el volante, tan tensas que le dolían los dedos, y la vista se le nublaba a ratos, no solo por las lágrimas que no lograba contener, sino por la debilidad que comenzaba a recorrerle el cuerpo con una lentitud cruel.
El dolor en el vientre era sordo, constante, una presión incómoda