Marianne le abofeteó con fuerzas. El sonido del impacto resonó, dejando un rastro en la mejilla de Daniel y un silencio sepulcral entre ambos.
Marianne retrocedió un paso, observando su propia mano, que aún temblaba por la descarga de adrenalina. Nunca se había considerado una mujer violenta, pero el dolor tiene una forma retorcida de transformarse en una fuerza desconocida, casi salvaje.
—¡Daniel, acabas de matar nuestro amor! —gritó ella, y su voz se quebró, liberando una angustia que llevaba