Camely y Zacarías permanecían sentados, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
El ir y venir de los médicos, con sus rostros cubiertos por mascarillas y expresiones indescifrables, solo aumentaba el pavor en sus pechos.
Nadie decía nada; el código azul que se había activado minutos antes seguía resonando como una campana fúnebre en sus mentes.
De pronto, el ambiente cambió.
Rosanne y Roberto llegaron a paso veloz, con los rostros desencajados por la preocup