El aire fresco de la mañana golpeó el rostro de Marianne cuando cruzó el umbral del hospital.
Había pasado una semana desde que le dieron el alta, una semana en la que su cuerpo, aunque presente en la mansión, se sentía incompleto.
Su alma seguía atrapada entre las paredes blancas y el pitido rítmico de las máquinas de la unidad de cuidados neonatales.
Sus hijos. Sus pequeños.
A pesar de que los puntos de la cesárea aún tiraban de su piel y el cansancio le nublaba la vista, Marianne no se permit