Zacarías la miró con una mezcla de frustración y cansancio. Su expresión era dura, pero sus ojos revelaban algo más complejo que simple enojo.
—Sube al auto, Camely —ordenó sin levantar la voz.
Luego miró a Gala con firmeza.
—Y tú… no te entrometas en esto, Gala, ya sé que quieres arruinar mi matrimonio y no lo permitiré.
—¡Zacarías! —protestó ella, estirando una mano hacia él, como si tuviera algún derecho sobre su vida.
Pero ya era tarde. Zacarías rodeó el auto, abrió la puerta y prácticamente