Rosanne entró en la mansión con el corazón aún acelerado, como si la felicidad no hubiera terminado de asentarse en su pecho. Cerró la puerta detrás de ella y, apenas avanzó unos pasos, vio a su hermana sentada en el salón, hojeando distraídamente una revista.
—¡Marianne! —exclamó, sin poder contenerse.
Cruzó el espacio casi corriendo y la abrazó con fuerza, como si necesitara anclarse a esa realidad para creerla verdadera.
—¡Mira esto! —dijo Rosanne, separándose apenas para mostrarle la mano—.