Luego de finalizar, Rachel se incorporó lentamente, todavía con el cuerpo agitado por el esfuerzo y el sudor, recorriéndole la espalda.
Sus ojos, llenos de expectativa, se clavaron en el hombre frente a ella. Había hecho todo lo que estaba en sus manos: cada giro, cada salto, cada mirada había sido calculada para seducir, para convencerlo.
—¿Entonces? —preguntó, rompiendo el silencio—. ¿Seré Giselle yo?
Justin Baldwin la observó durante unos segundos más, como si disfrutara alargar ese instante.