Marianne sonrió, pero no fue una sonrisa amable.
Fue una sonrisa cansada, lúcida, de esas que solo aparecen cuando alguien ha visto demasiado y ya no tiene fuerzas para fingir. No había triunfo en su gesto, ni superioridad; solo una claridad dolorosa.
—No estoy robando a tu novio —dijo con calma, pero con una firmeza que atravesó el aire como una hoja afilada—. Ningún hombre puede ser robado si no quiere irse. Yo solo lo consolé… porque tus amigos lo tratan como si no valiera nada. ¿Te das cuent