El pasillo del hospital olía a desinfectante y ansiedad.
El sonido de los pasos apresurados, de las ruedas de camillas moviéndose de un lado a otro, golpeaba la mente de Zacarías mientras avanzaba con torpeza, casi sin respirar.
Sentía el corazón encogido, latiendo con un ritmo frenético. Todo en él era desesperación pura.
Encontró a Gael y a Edmund esperando en la sala, ambos con el ceño fruncido y una clara irritación. Gael dio un paso hacia él, con los hombros tensos.
—Aún no nos dan noticias —dijo Edmund, sin mirarlo del todo.
Gael, en cambio, no perdió la oportunidad para clavar el puñal donde más dolía.
—Zacarías —escupió su nombre con rencor—, si tu esposa tuvo algo que ver con intentar matar a mi hija, te juro que lo va a pagar caro.
Zacarías no le respondió. No tenía tiempo para provocaciones ni para la furia ajena.
Su mente gritaba un solo nombre: Camely. Ella estaba sola en una comisaría, acusada de algo que no podía creer. Una mezcla insoportable de preocupación, culpa y ra