Roberto llevó a Rosanne hasta su casa en silencio. El trayecto fue tranquilo en apariencia, pero por dentro ambos estaban sumidos en un mar de pensamientos no dichos.
Las luces de la ciudad se deslizaban frente a ellos como sombras borrosas, reflejándose en el parabrisas y desapareciendo con la misma rapidez con la que los recuerdos dolorosos volvían a la mente de Rosanne.
Ella miraba por la ventana, con la frente apoyada en el cristal frío, intentando no dejarse arrastrar por imágenes que no q