—¡Debemos buscarla! —exclamó la madre de Carlos, con la voz rota, aferrándose a Yara como si ella fuera lo único que la mantenía en pie—. ¡Ella tiene que salvar a Carlos! ¡Ella lo ama, yo lo sé! No puede negarse… no después de todo lo que vivieron.
Sus manos temblaban. Tenía el rostro desencajado, los ojos hinchados de tanto llorar, la mirada perdida entre el miedo y la desesperación. Para una madre, la idea de perder a un hijo era algo que no se podía aceptar, ni siquiera como posibilidad.
Yara