Agustín se contorsionó en una máscara de desprecio. La herida en su orgullo de clase era más profunda que cualquier recuerdo de amor.
—¿Tú? —exclamó ella, con la voz apenas en un susurro, pero cargada de un peso histórico.
Agustín sintió que su corazón golpeaba sus costillas con una violencia desconocida. La presencia de Avana allí le provocó una rabia ciega.
Era el mecanismo de defensa de un hombre que sabía que había cometido el mayor error de su vida y prefería el odio antes que la culpa.
—¡¿