—¡Avana! —su voz, rota por el esfuerzo y la angustia, se impuso al ruido de las vías—. ¡No des un paso más!
Avana retrocedió, apretando su maleta contra su pecho como si fuera un escudo contra la tentación de correr hacia él.
Las lágrimas, calientes y amargas, surcaban sus mejillas.
—Álvaro, vete... por favor, vete —suplicó ella entre sollozos—. Sabes que no soy la mujer para ti. No soy la esposa que tu familia espera. Soy una mujer rota, Álvaro, llena de costuras y cicatrices que tu mundo nunca