La confesión quedó suspendida en el aire de la suite, flotando entre el calor residual de sus cuerpos.
Daniel sentía que el corazón le martilleaba contra las costillas, una mezcla de júbilo salvaje y una culpa punzante que le quemaba las entrañas.
—Antes de que te permitas dudar de nuevo, Daniel... —la voz de Marianne era un susurro quebrado pero firme—, si estoy embarazada, es tu hijo. Es tuyo.
Esas palabras fueron como una estocada directa al alma de Daniel.
El silencio que siguió dolió más qu