El eco de los tacones de Marianne contra el asfalto del estacionamiento sonaba como disparos en la quietud de la noche.
Su respiración era errática, una mezcla de humillación y una furia ciega que le nublaba los sentidos.
No quería verlo, no quería escucharlo, pero sobre todo, no quería admitir que la imagen de esa mujer junto a él le había desgarrado el alma.
—¡Marianne! ¡Detente ahora mismo! —la voz de Daniel tronó detrás de ella, cargada de una desesperación que rara vez mostraba.
Ella no se