Agustín corrió por los pasillos del hospital, sus zapatos resonando contra el piso de granito pulido.
El aire frío del aire acondicionado le calaba los huesos, pero el sudor corría por su frente.
Al llegar a la sala de espera, lo vio. Allí estaba su padre, Herman, caminando de un lado a otro como una fiera enjaulada.
Su rostro estaba congestionado, rojo de pura furia y desesperación.
En cuanto Herman notó su presencia, se detuvo en seco.
Sus ojos se clavaron en Agustín con un odio que casi se p