Camely sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda en el instante en que vio a varios hombres descender del auto que le bloqueaba el camino.
La noche era cerrada, apenas iluminada por los faros, y esas sombras avanzaban hacia ella con pasos pesados, decididos, como si supieran perfectamente lo que iban a hacer y no temieran las consecuencias.
Su corazón se aceleró tanto que sintió que el pecho le iba a estallar.
—No… no, por favor… —susurró, tratando de retroceder con el vehículo.
Pero el golpe seco contra el parachoques trasero la detuvo: otro auto se había colocado justo detrás de ella, dejándola atrapada.
No había espacio para maniobrar, ni para huir, ni siquiera para pensar con claridad.
Sus manos temblorosas buscaron el teléfono. Lo tomó como si fuera su única salvación y marcó el número que se sabía de memoria.
El nombre “Zacarías” apareció en la pantalla… pero no le dio tiempo de oprimir para enlazar la llamada.
Un estruendo brutal, metálico, casi ensordecedor, la hizo grit