Remordimiento. Parte 2.
—Tienes razón, Vicenzo —mentí, sintiendo cómo cada palabra me quemaba la lengua—. Todo saldrá como has planeado.
Me giré hacia la ventana, ocultando mi rostro. El paisaje de afuera seguía pasando, indiferente a la tragedia que se gestaba dentro de este vehículo. Los árboles parecían observarnos, juzgando a los dos hombres que, en su ceguera, creían que podían controlar el destino de las manadas.
Me odié a mí mismo en ese instante. Odié a Faela por haberme dejado solo con aquel "lienzo en blanco