La apasionada entrega del amor eterno.
Narra Raphael:
El parpadeo de las velas proyectaba danzas de oro y sombras contra los muros de piedra de nuestra alcoba, pero ninguna luz en este mundo podía compararse con la que emanaba de la mujer que tenía frente a mí. El aire de la habitación estaba impregnado con la suave fragancia de las rosas y el perfume natural de su piel; un aroma que para mí siempre había sido sinónimo de hogar y salvación.
Sin embargo, a pesar de la atmósfera de absoluta devoción, no pasé por alto el sutil temblor