El fuego azul.
Narra Raphael:
El silencio en el dormitorio de Camille era distinto al que reinaba en el resto de la mansión. Allí, donde la luz de la luna se filtraba a través de las cortinas pesadas, el aire parecía más denso, cargado con el residuo de una magia que no debería existir.
Dejé a Celeste en la puerta con órdenes estrictas: nadie, absolutamente nadie, debía entrar. Ni siquiera los sirvientes más leales. Mi mirada se posó una última vez sobre Camille, quien, tras los gritos aterradores de hace una