En el espejo.
La superficie del espejo no solo devolvía mi reflejo; me rendía culto. Mi belleza abrumadora no se comparaba a la de ninguna otra loba, y eso tan solo me volvía superior a cualquiera.
Pasé el cepillo de marfil por mi largo cabello negro, sintiendo la suavidad de las hebras, disfrutando del brillo que, bajo la luz de las velas, parecía tener vida propia. Cada movimiento era calculado, cada gesto un recordatorio de que yo, Juliette Auclair, era la perfección encarnada. Mis ojos, grises oscuros y