DOMINIK
Sentía las piernas y los brazos entumecidos y ardientes al mismo tiempo, y muchas ganas de vomitar. De pronto era como si la sangre dejara de circular por mi cuerpo, pero luego volvía tan fuerte que me quemaba como ácido. Los músculos se me contraían y dolía, Dios, dolía.
Esto no era un maldito afrodisiaco. Parecía veneno.
¿Qué demonios pensaba…?
Me hundí de nuevo en el agua helada con la esperanza de que eso aclarara algo, pero mi parte racional sabía que no era posible; sin embargo, y