16. Aún me deseas.

En el momento en que se cerró la puerta de la oficina, me clavé las uñas en las palmas de las manos.

Tuve el impulso de ponerme a gritar en ese instante. Tal vez, y muy seguramente, eso era lo que debía haber hecho: gritar para pedir auxilio.

Pero Santiago estaba ahí, a tres pasos de mí, de pie, con las mejillas enrojecidas y los ojos más oscuros a como los recordaba, presa de una rabia que me asustó.

—Déjame salir —Intenté mantener la voz firme y mis dedos alcanzaron silenciosamente el teléfo
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