109. Un regalo para el mundo.
Samuel parecía realmente asustado. Me puse de pie de la cama con el sobre aún en las manos y lo guié hacia el pequeño mueble que había junto a la ventana.
— ¿Quieres un vaso de agua? — le pregunté, y él asintió.
Llamé a una de las empleadas, que subió una jarra de limonada y la dejó frente a la mesa — ¿Qué está pasando? — le pregunté.
— Creo que voy a pedirte algo que no te va a gustar, porque puede representar muchísimas pérdidas para la farmacéutica.
Yo me pasé los dedos por el cabello.