Leonardo quedó completamente inmóvil. La noticia cayó sobre él como un golpe directo en el pecho, uno que no esperaba, uno que no quería. Tensó la mandíbula, apretó los dientes con tanta fuerza que el sonido crujiente resonó en su propia cabeza.
—¿Para esto me llamaste? —soltó, con la voz tan fría que incluso Olivia parpadeó—. ¿Para decirme que estás embarazada?
Olivia dejó salir una sonrisa amarga, pequeña, débil… pero lo suficientemente calculada.
—Por Dios, Leo… —su voz tembló, perfecta entre dramatismo y control—. Este hijo es tuyo. Tuyo y mío.
Leonardo retrocedió un paso, como si ella acabara de golpearlo.
—¿Acaso estás bromeando? —espetó, incapaz de contener el rechazo .
—No, no estoy bromeando —respondió ella con un suspiro quebrado—. ¿Acaso no recuerdas la noche que pasamos juntos?
—Joder, Olivia… —él llevó las manos a su cabeza, caminó un par de pasos hacia atrás y luego hacia adelante, desesperado, frustrado, furioso—. ¡Estaba ebrio! ¡No recuerdo absolutamente nada!
Olivia c