El consultorio médico de la empresa estaba en silencio, apenas interrumpido por el pitido constante de un monitor.
Elizabeth estaba sentada en la camilla, con una manta ligera sobre los hombros. Su rostro aún conservaba un rastro de palidez, pero sus ojos ya estaban más claros, más firmes, como si algo dentro de ella se hubiera reacomodado.
Alex permanecía apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, observándola con una atención genuina que no intentaba disimular. Max, en cambio, estaba d