Leonardo se puso de pie de golpe.
La silla chirrió contra el suelo, un sonido seco que rompió el aire denso de la sala.
—Ariana —dijo su nombre como si le ardiera en la lengua.
Ella ya iba camino a la puerta, erguida, impecable, con el portafolio firmemente sujeto entre los dedos. No se detuvo. No volteó. No le concedió ni una mirada más.
Eso lo volvió loco.
Leonardo salió tras ella, con pasos largos y tensos. Ethan lo vio venir y, sin dudarlo, se interpuso.
—Señor Moratti —dijo con firmeza—, si tiene alguna consulta adicional, con gusto puedo ayudarlo.
Leonardo lo miró como si fuera un insecto.
—Quítese de mi camino.
—Leonardo… —intentó Martin, poniéndose de pie—. Señor, por favor—
Leonardo se giró apenas, lo suficiente para clavarle la mirada.
—Tú y yo hablaremos después.
Volvió a mirar a Ethan, y esta vez su voz fue baja. Peligrosa.
—Muévete.
Ethan sostuvo su mirada unos segundos más. Luego, con un gesto contenido, dio un paso al costado.
Leonardo pasó.
Ariana ya estaba frente al a