Leonardo se puso de pie de golpe.
La silla chirrió contra el suelo, un sonido seco que rompió el aire denso de la sala.
—Ariana —dijo su nombre como si le ardiera en la lengua.
Ella ya iba camino a la puerta, erguida, impecable, con el portafolio firmemente sujeto entre los dedos. No se detuvo. No volteó. No le concedió ni una mirada más.
Eso lo volvió loco.
Leonardo salió tras ella, con pasos largos y tensos. Ethan lo vio venir y, sin dudarlo, se interpuso.
—Señor Moratti —dijo con firmeza—, s