La amante

Fue entonces que me percaté de Anuar. Sus cejas fruncidas casi se juntaban para formar una sola línea, su mirada entre enfadada e irritada cayó sobre mí. ¿Estaba enojado porque no me morí?

Ahora que estaba consciente, me di cuenta de que seguía en camisón, instintivamente me iba a cubrir con los brazos, pero recordé de golpe a la chica secuestrada.

—La chica —jadeé— ¿Dónde está? —intenté ponerme de pie, pero me lo impidieron—. Se la llevaron.

La paramédico puso un termómetro de infrarrojo en mi
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