—¿Qué haces, Abigail? —exclamó al ver los tirantes finos de su sostén blanco.
—Salva a mi padre, por favor, ¡te lo suplico!
Denver se acercò a ella, su dedo pulgar, limpió sus lágrimas, se miraron fijamente, èl descendió la mirada a sus labios, los deseaba como cada día.
«¿Aún ahora, Denver? ¿Aun tu corazón late por ella?», pensó.
Él se alejó antes de perder el control.
—¡Vete, Abigail!
—¡Por favor! No tengo a nadie a quien más acudir, ten piedad.
—¡Está bien! Ayudaré a tu padre, pero ahora vet