«Este hombre ha jurado odiarme toda su vida, pero me besa de esta forma. ¿Qué quieres de mí, Denver? Si eres el hombre de esas cartas, si me besas como si me amaras, ¿Por qué me haces sufrir?», pensó
Denver detuvo el beso, se quedó frente a su rostro unos segundos, con los ojos cerrados, recuperaba el aliento.
Aún aspiraba su aroma, alejarse, le dolía, pero al recordar el supuesto engaño, se daba fuerzas.
Abrió los ojos y mirò su hermoso rostro. Abigail tenía cara dulce, como una niña ingenua, i