Betty estaba recostada en la cama, los bebés estaban en una cuna doble, justo a un lado de ella.
Cuando Bradley llegó, se decepcionó de ver que su esposa no disfrutaría del pastel de vainilla que le había traído. Era su antojo especial, pero sonrió.
Verla dormida de esa forma era tierno. Observó a sus hijos. Sintió su corazón cálido.
«Por fin tengo a la familia que soñé, hijos maravillosos, y la mujer que amo, un nuevo bebé en camino.» Si esto no es la felicidad, Dios mío, ¿qué más puede ser?