Las manos de Emerson Carrigan se volvieron temblorosas, arrugó el papel, y luego, su gesto se volvió como el de una fiera herida a punto de atacar.
Aquello provocó un miedo en la mujer, intentó retroceder, muy tarde, para sentir esa fuerte mano que apretaba su cuello dejando una marca roja e impedía que respirara. Los ojos marrones brillantes de Bianca se volvieron saltones, tenía un gesto inesperado.
—¡Maldita seas, mil veces! ¡Eres una mentirosa! No es mi hijo, ¡No es mi hijo! Mentiste, y yo