Abby le mirò perpleja, dio un paso atrás.
—Es tarde, me envenenaste de dolor, esto está muerto y enterrado.
—No. No lo admito, me equivoqué, pero, puedo repararlo, déjame repararlo.
—¡No puedes! No puedes arrancar mi dolor, ni borrar tus palabras, ¡Me apuntaste con una pistola, me humillaste, maltrataste mi corazón! ¡Me hiciste tuya y luego me hiciste sentir peor que una mujerzuela! Si tienes algo de dignidad, solo lárgate de mi vida, déjame recuperar lo poco que me queda, déjame vivir en paz.
—