Denver caminaba por el inmenso jardín de la mansión de Balmoral, era tan grande como la mansión de los Carrigan Hill en Santander, Mediterráneo.
Observaba las rosas y pensaba en ella, solo pensaba en Abby.
Anya, que cargaba a la pequeña Sienna, se acercò a èl.
—¿Denver?
Él miró a Anya, sonrió, cargó a Sienna, sonriéndole con dulzura, mientras la niña balbuceaba un intento de palabras.
—¿Cómo está la princesa?
—Y tú, ¿cómo estás? —preguntó Anya, algo sabía, su esposo Emerson se lo había contado.