Carolina no supo cuánto tiempo pasó en el suelo frío del hospital. Estaba acurrucada contra la pared, con los brazos rodeando sus piernas y la frente apoyada sobre las rodillas. Lloró en silencio, dejando que las lágrimas corrieran por su rostro sin preocuparse por secarlas. Nadie entró. Nadie la vio. Y, de alguna forma, eso era lo que necesitaba: estar sola.
El eco del portazo de Eliot aún resonaba en su pecho. Pero más fuerte que eso… era la voz de Diana en su cabeza, la imagen de su hija , l